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Relatos

Crepúsculo en el Pacífico

Por Paula Jara Mondaca

Este un poema que narra dos historias de manera simultánea. Por un lado, la angustia y los pensamientos que experimenta un hombre viajero y conocedor de Chile, que extraña sus paisajes y por sobre todo sus playas. Este hombre abandona la cuarentena de manera egoísta y se contagia. En paralelo, tres hermanas conocidas como “las Parcas o Moiras” en la mitología romana y griega respectivamente, deciden el destino de los hombres con el corte de un hilo, cuya longitud define cuán longeva será la vida de cada uno.


I
Corrientes de recuerdos sobre la superficie
Vivir sin vivir el cálido sentir
Del suave encanto su sonrisa acaricie
Ahogándose en el mar sin aún partir
Océano vivo y en movimiento colorea
el desgarrador calor del desierto nortino
Bajo el abrazo de la cordillera imponente
El amparo eterno del andino
El compás de la tierna brisa del verde sureño
Que se cuela a través de la piel
De la costa índigos brazos la calma y el fuego
Si otro lo distingue afortunado aquel
Guardó en secreto la desdicha de su boca
Ansioso de la espuma y del oleaje
Preámbulo negro del aire que sofoca
Robó copioso celeste brebaje
Tanto lo vencido y tanto lo naufragado
Pareciera insignificante remolino a esquivar
El latido de la tormenta muerta se ha precipitado
Tierra a la vista el rumbo renunciar
Sus huellas por un páramo ya desconocido
El olvido con su dulce juventud había arrasado
Ojos sabios y mirada resignada vestigios del pasado
Labrado en su cuerpo un oasis marchitado
Ávido de beber el índigo reino
Un milagro fue sentir de nuevo el viento
La última gota la arrebató su afán mezquino
Sed de las aves y del firmamento

II
La Parca hilaba en pleno mutismo
Implacable en su cometido
Sabe que la existencia es un dualismo
No hay lugar para lo fingido
Eran testigos cómplices de su poder
Las cicatrices en sus manos
Solo ella podía ver
Que apagaría cercanos y lejanos
Cada alma hilada y cobrada
Sumaba surcos en su piel vetusta
Morta recibía el hilo y cortaba
Sin titubear permanecía adusta

II
El tímido frío del invierno se colaba
En su última esperanza antes de dormir
Con el miedo deshaciéndolo oraba
Lo aterraba el incierto porvenir
Tras el crepúsculo llegaría su hora
Cerrar unos ojos que habían vivido casi lo suficiente
Porque al final del túnel el arrepentimiento aflora
Haber sido digno era su deseo vehemente
Pensaba a un metro lejos y cerca de mí
Una consumida vela aún ilumina nuestras sienes
Tu respiración en mi cuello no percibir
Porque de lo invisible somos rehenes

III
Inmortales no eran se justificaban
Espíritus frágiles y delebles
Cuya vida en hilos enrollaban
En sus manos decidían cual sería su suerte
A su antojo esculpían la vida ajena
Como criaturas perversas
Un viaje de ida y vuelta
Sólo eran mensajeras
Nona hilaba con la mirada errante
Circunstancias no tenían cabida
La segunda hermana decidía el instante
Morta con un corte el ocaso de la vida

IV
Llegado el momento de partir
Contempló por última vez el anochecer
Desde la ventana no pudo sospechar el urdir
De unas ancianas y su pronto fenecer
Luces esmeraldas renuentes a sofocarse
Fundiéndose en su fulgor un canto inocente
En cuyos mares el brillo del ámbar vive
Resplandor que ojalá mil males ahuyente
Cuando el sol se fundió con delicadeza
En el calmo mar presto a la noche soportar
La bruma se llevó todo rastro de su tristeza
Se había despedido, ahora sobre las olas su vida contemplar
Exánime suspiro suspendido en el aire
Su lecho de muerte en silencio ahogado
El vacío dejado con fuerza el pecho invade
Un nudo en la garganta apretado

VI
Extenuada proseguía en su labor anodino
Hilo negro cual desgracia
Felicidad y goce el albo lino
Guiando firme la fortuna reacia
El largo del oro igual al del cáñamo
El desenlace ya no distingue según actos
Vidas arrebatar en algún punto del tramo
Ventura irrevocable, invisible pacto
Rigiendo la puesta del sol
Tejiendo el tapiz del sino
Sorteando el inexorable bemol
Títeres todos del destino